El Señorío de Cristo en todas las esferas de la vida

El Señorío de Cristo en todas las esferas de la vida

Posted by Juan Manuel Podestá, With 0 Comments, Category: Noticias, Reflexiones, Servicios,

El domingo 22 de septiembre hemos comenzado con la serie "El Señorío de Cristo en todas las esferas de la vida".

En ella estudiaremos algunas de esas esferas, como la vida personal, la familia, la educación, el trabajo y la cultura.

En este primer domingo de la serie, Gerardo le dio lugar a Julián León Camargo, quien nos presentó la pintura "Los Embajadores", de Hans Holbein el joven.

Aquí pueden ver la pintura (click sobre la imagen para verla en alta resolución).

Los Embajadores, Hans Holbein the Younger.

Los Embajadores, Hans Holbein the Younger.

Para verla en la máxima resolución, puede hacerlo mediante Google Art Project.

Pueden escuchar aquí la presentación de Julián, o leer el texto más abajo.

Aquí pueden escuchar también el mensaje de Gerardo:

Texto sobre LOS EMBAJADORES
Lo que vemos es una pintura realizada en 1533 por Hans Holbein el joven (no confundirlo con Hans Holbein el viejo, su padre, que también fue un fue importante pintor). Esta pintura fue hecha en Londres, donde este famoso artista alemán, que entre otras cosas había ilustrado la primera Biblia de Lutero, pasó sus últimos años como pintor oficial de la corte del rey Enrique VIII. Se trata de una pintura clásica, una clara muestra de los valores renacentistas que imperaban en la época.

Permítanme ubicarnos rápidamente en el tiempo: el renacimiento es un periodo cultural que se ubica entre los siglos XV y XVII en Europa; un "movimiento" que abarcaba no solo al arte sino todos los aspectos de la cultura: el arte, la ciencia, la filosofía, la música, la técnica, e incluso la gastronomía. En el arte lo podemos reconocer fácilmente, pues se trata del mismo estilo de los pintores que todos conocemos, como Miguel Ángel, Botticelli o Leonardo da Vinci (de seguro todos tendrán presente a la famosa Monalisa o Gioconda). Ese es el renacimiento y su nombre indica, precisamente, la búsqueda filosófica del movimiento, el renacer de los valores culturales y estéticos de la cultura clásica, es decir de la griega. Valores que llevaban olvidados más de mil años, durante toda la edad media. Estos valores se ven claramente en la pintura que busca representar con exactitud, casi fotográficamente, la escena; cada detalle, cada brillo y textura, cada pliegue están pintados con una perfección sorprendente.

Ahora bien, más allá de los detalles técnicos de la pintura, que podrían tenernos horas hablando, quisiera que nos preguntáramos ¿que tenemos en la escena?, ¿qué es lo que está ocurriendo en esta representación? A primera vista uno podría decir que se trata de un retrato de dos hombres que posan de manera muy tradicional ante el pintor. Por la ropa de los dos sujetos podemos deducir que el primero, su izquierda, es un hombre de alta clase social, probablemente un aristócrata de algún tipo y que el otro, el segundo es un religioso, un sacerdote u obispo. No estaríamos equivocados ya que realmente los representados son Jean de Dinteville, un aristócrata francés, y Georges de Selve, obispo de Lavaur. La pintura es un encargo por parte de estos dos hombres que visitaban Londres en representación de la corona francesa del rey Francisco I como embajadores ante Inglaterra; de ahí viene el nombre popular de la obra, "Los Embajadores". En el centro de la escena, entre los dos hombres, nos encontramos con una repisa repleta de objetos de diversa índole. No nos vamos a detener en cada objeto particularmente el día de hoy sino que solo diremos, por ahora, que estos objetos son alegorías, símbolos de las profesiones y del conocimiento que estos embajadores poseían, las artes, la religión, la ley y la ciencia entre otros.

Entonces: tenemos una pintura renacentista hecha por encargo, que nos muestra a dos hombres poderosos, un estadista y un obispo, retratados junto a varios objetos que representan todo su poderío y riqueza material e intelectual así como su prestigio social y cultural.

Hasta el momento no hay nada extraño en la pintura, nada revolucionario en la representación; de hecho, si nos quedamos acá, podríamos afirmar que tenemos una imagen bastante inofensiva, tranquila, incluso inocua. Sin embargo, al echarle una segunda mirada a la pintura, una mirada un poco más profunda y concienzuda, empezamos a descubrir varios detalles disonantes, extraños. Casi como ironías puestas ahí por el pintor de manera deliberada, que buscan decirnos algo mas allá de lo que implicaría un encargo de este tipo. Estos detalles, estas "fugas de sentido", dentro de la imagen, son las que vamos a ir analizando poco a poco en compañía de la serie de predicas que empezamos esta semana.

Para este día me gustaría revisar brevemente un aspecto de la pintura en términos generales, probablemente el que la ha hecho tan famosa en la historia del arte.
Tenemos entonces nuestra escena, dos embajadores y una repisa con objetos. Ahora bien, en primer plano, antes de los embajadores, nos topamos con lo que podríamos considerar un defecto en la pintura, una especie de manchón marrón que pareciera ser más un error que algo propio de la imagen. Sin embargo, ese "manchón" es en realidad un efecto visual muy extraño introducido por Holbein. Se trata de un cráneo pintado en anamorfosis, o sea, pintado en distorsión para que solo si vemos la pintura de lado, o, reflejada en una superficie cóncava como una cuchara, podamos ver de qué se trata.

Esta técnica se nos presenta como una manera de camuflar un comentario crítico que el autor quiere hacer; momento mori es el término técnico específico, que podemos traducir como un recordatorio de nuestra mortalidad. Los historiadores de arte Oskar Bätschmann y Pascal Griener sugieren que en Los embajadores "Las ciencias y las artes, objetos de lujo y gloria, se miden contra la grandeza de la Muerte". El contraste de este cráneo simbólico con el tema principal de la pintura, que representa a estos dos hombres importantes, simboliza que lo que es importante en la tierra no lo es en el reino de los cielos, que lo que se ha hecho en nuestra vida, la muerte lo deshace. No es casualidad que Holbein haya añadido esto en una pintura de este tipo; no se trata solo de un efecto visual para divertirnos a nosotros. Hay claramente una intención escondida detrás de esto, enfrentar la muerte ante la vanidad de la vida humana.

Sigamos, pues añadido a esto y en lugar opuesto, en el fondo de la pintura, detrás del fino cortinón verde con arabescos dorados, Holbein pinta en la esquina superior izquierda un crucifijo cubierto, medio escondido, en una posición intermedia entre lo que hay delante de la cortina, el mundo de los hombres, y lo que se esconde a su mirada, lo desconocido detrás del telón. Un símbolo de la fe a la que se la da la espalda.

Estas dos trampas escondidas en la pintura nos hablan de una clara intención por parte del autor de decirnos algo: después de todo, en el centro tenemos representada la vida humana en su máximo esplendor, en la cúspide del conocimiento, del poder, del prestigio y de la religión atrapada entre la muerte al frente, esa frontera que el hombre por más poderoso que sea no puede evitar y la fe, atrás, escondida, olvidada, relegada a un lugar secundario.

Estas trampas camufladas se suman a otras tantas más que vamos a ir revisando domingo tras domingo para acompañar esta serie de predicas que comenzamos hoy.

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